TRANSITANDO PENTECOSTÉS

Desde hace algunos días, transitamos el tiempo de Pentecostés, que viene luego de los 50 días de Pascua para transformarse en el momento del derramamiento real y actual del Espíritu Santo Creador sobre nuestro corazón y el de todos los fieles.

Tal como los apóstoles esperaron en el silencio del cenáculo junto a la Virgen María, hoy estamos llamados a dejar que ese fuego sagrado descienda sobre nosotros para quemar las angustias e iluminar el entendimiento, revirtiendo la confusión de Babel en nuestros hogares con el idioma universal del perdón cristiano.

A la prodigiosa venida del Espíritu Santo se le conoce universalmente como Pentecostés, un término majestuoso que significa cincuenta. En las antiguas tradiciones se le llamaba la «Fiesta de las Semanas» porque se celebraba exactamente siete semanas después del triunfo definitivo del Domingo de Resurrección.

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Transcurridos cincuenta días desde la resurrección de Jesús, y diez días después de su gloriosa Ascensión, los apóstoles se encontraban reunidos a puerta cerrada, aún confundidos y contemplando tímidamente su propósito y la inmensa misión que les aguardaba frente a un mundo hostil. Entonces, tuvo lugar la llegada del Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, que se posaron sobre ellos y empezaron a proclamar el evangelio en idiomas diferentes, impulsados por un poder celestial. Con este acontecimiento, Dios sella la alianza eterna y definitiva con su pueblo: el Nuevo Testamento.

El Espíritu Santo es la tercera persona de la inefable Santísima Trinidad. Es verdadero Dios, consustancial y eterno, como lo son el Padre y el Hijo. Es el Amor infinito que fluye entre el Padre y el Verbo encarnado. Recibe una misma adoración, reverencia y gloria suprema. Él nos ayuda a descubrir las inagotables riquezas de la redención y nos otorga la fortaleza precisa en los momentos de mayor angustia. Cuando Jesús realiza la promesa inquebrantable a sus discípulos sobre la Venida del Espíritu Santo, lo llama el «Paráclito», que actúa como un fiel abogado defensor. Este término se traduce habitualmente y con inmensa dulzura como «Consolador».

El Espíritu Santo es capaz de infundirnos siete dones

-Sabiduría; nos hace comprender la maravilla insondable de los planes de Dios y nos impulsa a buscarle sobre todas las cosas pasajeras, en medio de nuestro arduo trabajo y de nuestras rutinas.

-Inteligencia: este faro espiritual permite que descubramos con mayor claridad y agudeza las inmensas riquezas escondidas en los dogmas de la fe.

-Consejo: nos señala los atajos seguros de la santidad, el querer preciso de Dios en nuestra vida diaria y nos anima a seguir la decisión que más concuerda con el bien de los demás.

-Fortaleza: nos alienta continuamente, revistiendo nuestra fragilidad humana con una armadura celestial para superar las dificultades que acechan en nuestro caminar hacia el Padre.

-Ciencia: nos lleva a juzgar con rectitud el valor real de las cosas creadas, manteniendo nuestro corazón apegado únicamente al Creador y utilizando el mundo material solo como un medio para alcanzarlo.

-Piedad: nos mueve a tratar a Dios con la ternura y la confianza absoluta con la que un niño pequeño busca el regazo protector de su Padre amoroso.

-Temor de Dios: nos induce a huir horrorizados de las ocasiones de pecar, a rechazar la tentación engañosa, evitando radicalmente separarnos de Aquel que constituye nuestra única razón de vivir.

Esta solemnidad ofrece a todos los bautizados dos posibilidades extraordinarias de renovación. La primera es un llamado ineludible de que la misión permanente de la Iglesia es llevar la Buena Nueva del evangelio a todas las naciones. El mensaje de salvación no está confinado a un santuario, sino que debe encender el mundo entero. La segunda es intensamente íntima y personal. Esta fiesta revierte magistralmente la antigua maldición de la torre de Babel, donde el orgullo humano sembró incomprensión y separó a las familias. El Espíritu Santo derrama el idioma universal del amor verdadero. Permite que el Paráclito siga trabajando en el centro de tu vida, restaurando las relaciones matrimoniales rotas, transformando la timidez paralizante en valentía heroica y convirtiendo el miedo agobiante en una esperanza radiante.

En el Vaticano, la celebración con pétalos de rosa cada Domingo de Pentecostés en el histórico Panteón de Roma es muy bonita. Tras la misa, los bomberos arrojan miles de pétalos desde la abertura superior de la cúpula, simbolizando el descenso del Espíritu Santo.

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Hay cuatro datos curiosos sobre la venida de Pentecostés:

-El nacimiento oficial de la Iglesia: aunque la Iglesia brotó del costado herido de Cristo en la cruz, los teólogos afirman que Pentecostés marca su manifestación pública oficial. Fue el día exacto en que los apóstoles abrieron las puertas del cenáculo para bautizar a más de tres mil personas, inaugurando la misión evangelizadora mundial.

-El reverso de la Torre de Babel: en el antiguo relato del Génesis, la soberbia de los constructores de la torre de Babel trajo como castigo la confusión de los idiomas. En Pentecostés, la humildad de los apóstoles provocó el milagro contrario, ya que hombres de decenas de naciones distintas comprendieron el mismo evangelio en su propia lengua.

-La primera novena de la historia: los nueve días de espera en oración incesante entre la Ascensión del Señor al cielo y el Domingo de Pentecostés constituyen la primera «novena» documentada de la historia cristiana. Fue ordenada directamente por Jesucristo, pidiendo a sus seguidores que no abandonaran Jerusalén hasta ser revestidos de poder.

-El significado del color rojo: durante la liturgia eucarística de esta solemnidad, los sacerdotes de todo el mundo se revisten con ornamentos de color rojo intenso. Esta tonalidad vibrante no solo representa las lenguas de fuego que descendieron del cielo, sino que también honra la sangre que los apóstoles derramarían posteriormente por su fe.

Oración al Espíritu Santo Creador por una renovación total

Ven, Espíritu Santo Creador, y desciende majestuosamente sobre la profunda fragilidad de mi alma. Ilumina mi mente oscurecida con tu fuego purificador y arranca cualquier raíz de miedo, ansiedad o tristeza que paralice mi caminar diario. Espíritu de sabiduría y fortaleza, concédeme la gracia de amar sin medida, perdonar sin rencor y comprender los misterios eternos de tu salvación. Sopla tu viento recio sobre mi hogar para restaurar lo que está quebrantado y unir lo que el egoísmo ha separado. Oh, Soberando Consolador de las almas, que tu divina presencia me renueve por completo, transformando mi cobardía en valentía apostólica. Sopla sobre mí, dulce consolador, y hazme un instrumento fiel del inmenso amor de Jesucristo. Amén.

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