CELEBRACIONES DE JUNIO

Durante el sexto mes del año, los católicos tenemos por lo menos cuatro fechas litúrgicas sobresalientes.

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7 de junio – Corpus Christi

La fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo (Santísima Trinidad) no es una experiencia lejana o inalcanzable. Al contrario, Dios mismo ha querido permanecer con nosotros bajo la forma del Pan de cada día que se parte y se comparte, en cada vez que el sacerdote revive las palabras: «Este es mi Cuerpo…Esta es mi Sangre…».

Mediante esta solemnidad, agradecemos la presencia cercana de Dios. Sus orígenes se remontan a 1207. Aquel año, en Bélgica, una joven monja agustina, Juliana de Cornillón, tuvo una visión que presentaba la luna llena con una mancha opaca que empañaba su esplendor, a la cual se la interpretó por los expertos de la época así: la primera imagen simbolizaba a la Iglesia; mientras que la mancha era la ausencia de una fiesta que honrase de forma específica el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Con el apoyo de numerosos teólogos, el pedido de celebración del Cuerpo de Cristo recién tuvo vigencia cuatro décadas más tarde. Tras haber sido elegido Papa, un antiguo archidiácono de Lieja, Jacques Pantaléon, quedó impresionado por un milagro eucarístico que tuvo lugar en Orvieto (la localidad Italiana adonde él residía), por lo que quiso instituir oficialmente esta honra al Santísimo Sacramento, que habría de celebrarse el primer jueves después de la octava de Pentecostés, tarea que -ante su repentino fallecimiento- dejaría resuelta su sucesor, Juan XXII, en 1316.

Lo principal es que esta fecha nos recuerda que el amor misericordioso del Padre se hace comida y bebida de salvación para la humanidad peregrina en la tierra, según propias palabras de San Juan Pablo II, que visitó la iglesia de Orvieto el 17 de junio de 1990.

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12 de junio – Sagrado Corazón de Jesús

La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús se celebra el viernes siguiente a Corpus Christi, casi como para sugerirnos que la Eucaristía no es otra cosa que el Corazón mismo de Jesús, de aquel que con sumo amor divino cuida de nosotros. En esta misma fecha, la Iglesia celebra la Jornada mundial de oración por la Santificación de los Sacerdotes.

Precisamente, fue el cura normando Jean Eudes quien celebró esta fiesta por primera vez el 20 de octubre de 1672, si bien algunas místicas alemanas de la Edad Media (de 1212 a 1302, Matilda de Magdeburgo, Matilde de Hackeborn y  Gertrudis de Helfta, así como el dominico beato Enrique Suso, habían cultivado esta devoción.

A la difusión del culto contribuyeron las revelaciones privadas recibidas por la religiosa visitandina Margarita María Alacoque (1647-1690), que vivía en el convento de Paray-le-Monial (Francia) y gozaba de fama de gran mística cuando recibió la primera visita de Jesús. En ella, el Señor le quiso transmitir los sufrimientos de su Corazón rebosante de amor por el Padre y por toda la humanidad, del mismo modo que los compartió con el discípulo Juan durante la Última Cena. «Mi divino corazón está tan apasionado de amor por la humanidad que, incapaz de contener en sí mismo las llamas de su ardiente caridad, debe difundirlas. Te he elegido para este gran proyecto”, le dijo.

Al año siguiente, Margarita tuvo otras dos visiones. En la primera, apareció el corazón de Jesús en un trono de llamas, más brillante que el sol y más transparente que el cristal, rodeado de una corona de espinas; en la segunda, Margarita contempló a Cristo resplandeciente de gloria, con rayos de luz que salían de su pecho y se expandían por todos lados. Jesús le habló de nuevo y le pidió que comulgara cada primer viernes de mes durante nueve meses consecutivos, y que se postrase en tierra en oración durante una hora en la noche entre los jueves y los viernes. Nacieron así las devociones de los nueve viernes y de la hora santa de adoración.

En una cuarta visión, Cristo le pidió que se instituyera una fiesta para honrar su Corazón y reparar, mediante la oración, las ofensas que recibe. De parte de Jesús, Margarita también recibió una gran promesa de perdón: quien se acerque dignamente a la Eucaristía y comulgue durante nueve meses consecutivos el primer viernes del mes, con espíritu de expiación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento, amando, honrando y consolando al Corazón de Jesús, recibirá el don de la perseverancia final, es decir, terminará su vida con la gracia de los sacramentos y de la remisión de sus ofensas a Dios y al prójimo.

En 1856, Pío IX ordenó que esta fiesta fuera extendida universalmente a toda la Iglesia y en 1995 Juan Pablo II instituyó en este mismo día la Jornada Mundial de Oración por la Santificación del Clero, para que Jesús custodie el sacerdocio en su corazón.

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24 de junio – Natividad de San Juan Bautista

El catolicismo celebra tanto el nacimiento de San Juan Bautista como su fecha de fallecimiento, el 29 de agosto, en memoria de su martirio.  Es el único caso con esas características, además de los de su primo, Jesús (25 de diciembre y Viernes Santo, respectivamente) y la Virgen María (8 de septiembre y 15 de agosto).

El propio Jesús dijo de Juan: «En verdad os digo que entre los nacidos de mujer no hay otro mayor que Juan el Bautista» (Mt 11,11). Fue el último de los grandes profetas de Israel, primer testigo de Jesucristo, iniciador de un bautismo para el perdón de los pecados, quien bautizó al Salvador en el río Jordán, fue precursor de su discurso, allanó el camino de la misión redentora y, finalmente, murió como mártir por defender su causa.

Ya en el siglo IV encontramos conmemoraciones litúrgicas de San Juan Bautista en fechas diversas. La del 24 de junio se fija según el Evangelio de San Lucas cuando se dice que Isabel estaba ya en «su sexto mes»; por tanto, seis meses antes de la Navidad. Desde el siglo VI esta fiesta tiene una Víspera.

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29 de junio – San Pedro y San Pablo

En ese mismo día, se conmemora a los santos Pedro y Pablo. El primero de ellos fue aquel pescador sencillo a quien Jesús pidió que deje todo y lo siga, convertido luego en piedra fundamental de nuestra Iglesia. La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, narra la experiencia de Pedro, a quien un ángel libera de la prisión y el primer pontífice señala: “Ahora me doy cuenta realmente de que el Señor ha enviado su ángel y me ha librado de las manos de Herodes y de todo lo que esperaban hacerme los judíos”. Se trata de una experiencia digna de comprender a la luz de lo que la comunidad cristiana hace por él: “Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por su alma”. La “liberación”, por tanto, está estrechamente relacionada con la oración de intercesión que la comunidad dirige a Dios.

Muchas veces, nosotros también nos sentimos encadenados a miedos, fatigas y fragilidades, atrapados por sentimientos de culpa o por el pensamiento de que nada cambiará. Sin embargo, a cada instante llega hasta Dios una oración por nuestra liberación, Inclusive, miles de veces, sin que lo sepamos, alguien está rezando por nosotros. Quien reza, probablemente no sabe a quién favorecerá su oración, pero lo hace. Es la fuerza de la fe y de la comunidad eclesiástica, del Pueblo de Dios en camino hacia el cielo.

Por su parte, el apóstol Pablo le confía al discípulo Timoteo su experiencia: “He combatido la buena batalla, he terminado la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel día me entregará el Señor. El Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas. El Señor me librará y me salvará, llevándome a su reino celestial”. También él sintió lo cerca que está el Señor y cuánta fuerza da a quien confía en Él. Pablo halló en el Maestro valentía, confianza y perdón. Su testimonio incita a reavivar en nosotros la certeza de que no estamos solos en el camino, sino que Dios está a nuestro lado, por senderos a menudo escondidos, hacia el cielo, nuestra verdadera patria.

Pedro llegó al final de sus días en este mundo en Roma, por el Señor Jesús (en el circo de Nerón, enterrado en la colina del Vaticano). En la misma ciudad, Pablo murió por aquel que antes lo había hecho por él y por todos (en la Vía Ostiense).

Fuente: Vatican News

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