Días atrás, uno de los incansables ministros de nuestra parroquia, Germán, empezó a escribir algunas de las hermosas reflexiones que a menudo inundan su alma, que pensamos compartir también por aquí.
Él pensó así: “Hoy, mientras me preparaba para servir como ministro, me miré las manos y sentí que no estaban a la altura del Misterio que me tocaba repartir. A veces, nos castigamos pensando que para venir a Misa tenemos que tener la vida resuelta y el corazón impecable, como un mantel de altar recién planchado, pero la realidad es que el Señor no busca museos; busca hospitales de campaña donde el abrazo cure más que la teoría”.
“Según nos enseña la Instrucción General del Misal Romano, la Liturgia es acción de Cristo y del pueblo, un diálogo donde Él nos levanta del polvo. Me pasó de estar distribuyendo la Comunión y ver en los ojos de la gente esa misma sed que tenía yo: la de saber que, a pesar de las deudas, los líos o el cansancio, hay alguien que nos espera. Si ahora mismo te sentís un «desastre», vení igual. Cristo no se espanta de tu barro; se ofrece para limpiarlo con su propia vida. No esperes a estar «perfecto» para caminar hacia Él. La perfección es del Cielo, pero el camino es para los que tropezamos todos los días”.
¿Qué es eso que hoy sentís que te frena para acercarte a la Eucaristía? ¿Hablamos sobre esos «peros» que nos ponemos a nosotros mismos?