Al recibir la Comunión

Recibes la Comunión. Regresas a tu banco. Te arrodillas…Y alrededor comienzan los murmullos. Personas moviéndose. Distracciones. Incluso conversaciones, cuando acabamos de recibir al mismo Cristo.

El silencio después de comulgar no es un vacío incómodo. Es uno de los momentos más sagrados de toda la Misa. La Iglesia siempre ha enseñado que tras la Comunión hay un tiempo privilegiado para la acción de gracias, la adoración interior y el diálogo íntimo con Jesús. Él está real y verdaderamente presente en tu alma de manera sacramental.

¿Te imaginas invitar a alguien a tu casa… y salir corriendo sin dirigirle la palabra? Cada Comunión es una visita divina. Ese silencio no es una pausa técnica mientras termina el canto. Es el espacio donde el corazón habla con Aquel que acaba de entrar. Ahí se fortalecen decisiones. Ahí se entregan luchas. Ahí se reciben gracias invisibles.

Cuando perdemos ese recogimiento, la Misa se vuelve rutina. Pero cuando lo cuidamos, la Comunión se convierte en encuentro. No necesitas fórmulas largas. Basta un corazón atento: “Señor, quédate conmigo”, “Gracias”, “Ayúdame”.

La próxima vez que comulgues, no mires el reloj. No te levantes apresurado. No llenes el momento de distracciones. Guarda silencio. Ese silencio es el sonido del alma adorando.

Deja un comentario

Necesitas Ayuda?