En el catolicismo, el Día de los Abuelos se festeja en honor al santoral de Joaquín y Ana, los padres de la Virgen María. Su venerable matrimonio no se midió en estridencias mundanas ni en poderes terrenales, sino en la fecunda paciencia de una humilde semilla que aguardaba el rocío del cielo. Atravesando el árido desierto del rechazo social y la amargura de una prolongada esterilidad, estos justos esposos jamás permitieron que la desesperanza marchitara su total confianza en las promesas del Altísimo. Fue con ellos que se moldeó el corazón inmaculado de María, preparándola para acoger al Verbo encarnado.
El Protoevangelio de Santiago, aunque no fue integrado en el canon de las Sagradas Escrituras por la fragilidad de algunos datos históricos, en un documento redactado alrededor del año 170 a.C. custodia una memoria invaluable sobre las raíces familiares de nuestra Madre celestial.
San Joaquín y Santa Ana ostentan el inigualable privilegio de ser los abuelos maternos de Jesucristo, nuestro amado Salvador. Consumieron los días de sus vidas cultivando la rectitud, adorando profundamente a Dios y prodigando inagotable caridad. La tradición judeocristiana relata que, en sus comienzos, vivieron en las verdes colinas de Galilea y, movidos por la piedad, más tarde se establecieron en la mismísima ciudad de Jerusalén.
San Joaquín es descrito magistralmente como un varón prominente, acaudalado pero extremadamente desprendido, profundamente respetado por su comunidad y de una fe intachable. Al provenir directamente de la noble estirpe de la casa real de David, mantenía la sagrada costumbre de dividir periódicamente sus cuantiosos bienes, entregando una parte abundante como ofrenda a los más pobres y sosteniendo el culto en el templo.
Sin embargo, un denso velo de tristeza habitaba permanentemente en su hogar. Tras bastantes años de haber estado casado con Ana, no habían logrado engendrar descendencia alguna. En aquella implacable época, se decía que su esposa era estéril, una condición que el pueblo judío interpretaba cruelmente como una señal directa de desagrado divino o un severo castigo sobre la pareja. Debido a esto, el sumo sacerdote llegó a rechazar públicamente a Joaquín y sus ofrendas sagradas, humillándolo ante todos.
Herido en lo más hondo de su dignidad, pero sin rebelarse contra el cielo, San Joaquín se retiró solitario y embargado por una enorme tristeza hacia el árido desierto. Allí, lejos del escarnio humano, ayunó estrictamente e hizo penitencia incesante durante cuarenta largos días y noches, implorando la respuesta del Señor. Mientras tanto, en la soledad de su hogar, la devota pareja oraba fervientemente unida en espíritu para que les llegara la ansiada gracia de concebir. Ambos hicieron una solemne y sagrada promesa: si Dios intervenía, dedicarían a su primogénito al servicio incondicional del templo. En respuesta dorada a sus amargas lágrimas y puros sacrificios, un ángel luminoso se le apareció a Santa Ana y le consoló diciendo: “El Señor ha mirado tu tristeza; tú concebirás y darás a luz y el inmaculado fruto de tu vientre será bendecido por el mundo entero”. Simultáneamente, San Joaquín también recibió el mismo revelador mensaje del ángel en el silencio de las dunas. Dios había contestado sus plegarias de una forma infinitamente superior y mucho mejor de lo que ellos jamás podrían haber imaginado en sus sueños. Desbordando gratitud, Joaquín regresó aprisa a Jerusalén y abrazó con una indescriptible emoción a su amada esposa Ana en la histórica puerta de la ciudad.
Ana dio a luz a una preciosa niña, a quien llamó María, la Inmaculada Virgen, concebida prodigiosamente sin la terrible mancha del pecado original. Ella se convertiría, por gracia y elección, en la más santa de todas las mujeres de la historia y en el tabernáculo vivo de la Madre de Dios. Ambos se encargaron con inmensa ternura de los cuidados de la pequeña durante los breves pero formativos años de su radiante infancia. Sin embargo, fieles a su palabra, ella fue llevada puntualmente al majestuoso templo de Jerusalén para ofrecerla así en consagración total y servicio a Dios. Con un desgarrador y gran dolor humano, fue entregada en aquellas escalinatas, pero al mismo tiempo con una gran e inquebrantable alegría de cumplir las promesas que ellos le habían hecho al Señor. María permaneció allí sin pecado, siempre virgen, y bajo el cobijo celestial se preparó para convertirse en la Madre de Dios.
Sus padres continuaron su hermosa vida de oración silenciosa hasta que exhalaron su último suspiro y Dios los llamó a su recompensa en su casa en el cielo. Por su inigualable vocación, tanto San Joaquín como Santa Ana son los indiscutibles y dulces santos patronos de todos los abuelos. La mayoría de nosotros hemos gozado de vidas privilegiadas por el amor único y dulce que los abuelos prodigan. Por eso, los abuelos de Jesús revisten una importancia similar y, consecuentemente, este día.
Hay cuatro datos poco frecuentes sobre ellos:
-La iconografía del arte cristiano ha inmortalizado maravillosamente el instante sublime en que Joaquín y Ana se reencuentran rebosantes de júbilo tras la anunciación del ángel. Este conmovedor y casto abrazo en la Puerta Dorada de Jerusalén es considerado por múltiples teólogos clásicos como la representación visual y mística del momento exacto de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.
-Sus nombres de ambos santos albergan un simbolismo lingüístico y profético espectacular. Joaquín, proveniente de la raíz hebrea, significa literalmente «Aquel a quien Yahveh ha preparado». Por su parte, Ana se traduce como «Llena de gracia» o «Compasiva».
-Aunque su título más célebre es el de protectores de la ancianidad, Santa Ana es invocada muy curiosamente como la gran patrona de los mineros. Esto se fundamenta en una hermosísima analogía forjada en la Edad Media: así como el minero extrae el oro más puro de la oscura roca, de las nobles entrañas de Ana provino la purísima Virgen Inmaculada.
-Una impactante tradición francesa documenta que el primer obispo de la ciudad de Apt descubrió sorprendentemente las reliquias perdidas de Santa Ana en una oscura cripta subterránea en el siglo VIII. Durante una solemne liturgia presidida por Carlomagno, un joven ciego golpeó repetidamente las baldosas del altar, guiando a la corte a desenterrar los incorruptibles y sagrados huesos ocultos.
Fuente: Píldoras de Fe
