15 DE AGOSTO – ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

La solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María resplandece como un inmenso faro de esperanza para toda la humanidad, revelando el destino de gloria que Dios prepara para quienes caminan con fe. Al contemplar el instante sagrado en que Nuestra Señora fue elevada al Cielo en cuerpo y alma, el corazón cristiano comprende la profunda victoria de la gracia sobre la corrupción terrenal. Este misterio no solo exalta la pureza inmaculada de aquella que fue el verdadero sagrario viviente del Verbo eterno, sino que confirma la dignidad excelsa de la creación humana. En una época sedienta de trascendencia, recordar este triunfo celestial nos impulsa a elevar la mirada hacia lo eterno, confiando plenamente en el infinito amor paternal del Todopoderoso. Se trata del festejo porque la Virgen María fue llevada en cuerpo y alma al Cielo al final de su vida terrenal y de la fiesta más antigua celebrada en su honor, un favor especial que Dios le concedió a María, nuestra Madre, por haber dado ese Sí definitivo a la salvación del hombre.

Aunque no se menciona en las Sagradas Escrituras, la Asunción de la Virgen María ha sido una creencia muy sólida que ha sido sostenida con base en nuestra fe desde tiempos apostólicos. Se ha celebrado litúrgicamente desde el siglo VI después de Cristo. Fue declarada dogma de la Iglesia Católica por el Papa Pío XII en 1950.

Jesús, el Hijo de Dios, nació del vientre purísimo de María. De manera que cuando María murió, ¿Dios Padre y Jesús permitirían que el cuerpo de la Madre de Dios se echase a perder? De ninguna manera. Esta fue su recompensa por su amor a Dios, hacer su voluntad y por todos sus años de oraciones, sacrificios y sufrimientos. Ahora, María está en el cielo. Ella es la reina de los cielos y de la tierra. María es Madre de la Iglesia de Jesús y la reina de los apóstoles. Cada vez que María pide a Jesús que nos alcance las gracias necesarias para nuestra salvación, Él escucha su petición con mucha ternura y la cumple como en las Bodas de Caná.

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Existen cuatro datos especiales sobre la Asunción:

-El misterio de la tumba vacía en Jerusalén. La tradición cristiana oriental custodia con veneración la antigua Iglesia de la Asunción en el Valle de Cedrón, cerca de Jerusalén. Según los relatos litúrgicos más remotos, cuando los apóstoles abrieron el sepulcro de la Madre de Dios para que Santo Tomás pudiera despedirse, encontraron la tumba completamente vacía. En lugar de restos mortales, hallaron un exquisito aroma a lirios y rosas frescas perfumando milagrosamente aquel santo lugar terrenal.

-La petición unánime del pueblo cristiano. Antes de proclamar el dogma, el Vaticano recibió millones de peticiones formales provenientes de todos los continentes. Obispos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos escribieron a Roma durante décadas suplicando la declaración solemne de esta verdad teológica. Este extraordinario consenso eclesial demostró el poderoso sentido de la fe de nuestro pueblo, confirmando que la devoción mariana latía con fuerza inquebrantable por el mundo.

-El milagro de la luz en la procesión de Éfeso. En aquella antigua ciudad, donde la Virgen María vivió bajo el cuidado del apóstol San Juan, peregrinos de diversas épocas han relatado fenómenos celestiales sorprendentes durante la noche del 14 al 15 de agosto. Muchos testimonios históricos documentan destellos luminosos sobre la sagrada casa en el monte Koressos, interpretados como un signo palpable de la constante bendición maternal que desciende desde la gloria del paraíso eterno.

-La fiesta más antigua en honor a María. Varios historiadores confirman que la liturgia de la Asunción, originalmente llamada la Dormición de la Virgen, se celebraba públicamente en Jerusalén desde el siglo quinto con una solemnidad extraordinaria y cantos sagrados. Fue el emperador bizantino Mauricio quien ordenó extender su conmemoración a todo el Imperio en esta día, consolidándolo para siempre como la cumbre litúrgica de alabanza y honra a Nuestra Madre Celestial.

El Catecismo de la Iglesia Católica menciona cómo María anticipa la resurrección de todos los miembros del cuerpo de Cristo (CIC 974). María intercede por nosotros continuamente ante su hijo para nuestra salvación. Es por eso que nunca está de más recurrir a ella, y darle las gracias, por su ayuda y sus gracias en oraciones como el Rosario. Jesús redimió a su madre primero a través de su Inmaculada Concepción (cuando fue concebida de forma única y sin pecado original). Por lo tanto, es natural que haya sido elevada al cielo.

Después de que nosotros atravesemos ese largo camino hacia el Juicio Final, Cristo puede encontrarnos dignos de compartir la vida eterna con Él como María, tanto en cuerpo como en el alma, de modo que, como les dijo a sus apóstoles una vez: «Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto» (Juan 15,11).

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Tras la resurrección de los muertos, nosotros también podemos ir al cielo con nuestros cuerpos. Nuestros cuerpos serán perfectos. Ellos no sufrirán la enfermedad nunca más. No necesitarán más comida ni bebida para mantenerlo con vida. Serán hermosos y espléndidos. Si usamos nuestros cuerpos ahora para hacer el bien, esos cuerpos compartirán nuestra recompensa celestial.

Oración en la Solemnidad de la Asunción de María

Padre Altísimo y compasivo, la Santísima Virgen María fue concebida de forma totalmente pura para llevar en su vientre purísimo a Tu Hijo amado. Cuando su peregrinación en esta tierra concluyó, le concediste la gracia excelsa de un cuerpo glorificado, elevándola directamente al Cielo como divina recompensa por su fidelidad inquebrantable. En esta solemne conmemoración mariana, te suplico que transformes mi mente y corazón para cuidar con gratitud el templo sagrado de mi cuerpo, venciendo las pasiones mundanas por el poder de Tu Espíritu. Líbrame del pecado, de la pereza espiritual y de cualquier impureza, permitiéndome vivir en santidad verdadera y caridad constante. Que tu amor sostenga mis pasos cada jornada, para que al final de mi vida terrenal pueda alcanzar la alegría sin fin de tu reino y contemplar tu rostro santo. Santa María, Madre del Cielo, ruega por nosotros. Amén.

Fuente: Píldoras de Fe

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